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Por qué hoy el feminismo

Esperanza Torres

El feminismo sigue siendo a día de hoy un término algo tabú para muchos de nuestros políticos, artistas o personajes de la esfera pública.

De hecho, llama la atención cuando un periodista pregunta a algún escritor, cantante o actor acerca de su posicionamiento con respecto a esta ideología y su respuesta es: “Yo no soy feminista ni machista, yo solo quiero la igualdad”.

Pero, si reparamos por un instante en la segunda afirmación y buscamos la definición exacta de la palabra (más allá de la descripción academicista que ofrezca la RAE), encontramos que el feminismo es precisamente aquello que muchos niegan en silencio, es decir, una búsqueda para que todas las personas tengan los mismos derechos y oportunidades de acceso en una sociedad.

Por tanto, estar a favor de la igualdad y en contra del feminismo es una discordancia traducida en que aún queda mucho por explicar.

Por qué decimos feminismo

Algunas voces creen que el problema recae sobre la construcción del término y la asociación de la palabra con lo exclusivamente femenino. No es la primera vez que detractores de esta ideología hayan acusado al vocablo feminismo o feminista de pecar etimológicamente, escuchándose a veces aquello de: “¿Y por qué lo llaman así y no “igualismo”?

Sin perder de vista que el español es un idioma donde predomina el masculino genérico como identificación de lo general, ¿qué papel tienen entonces en el imaginario colectivo los términos con género en femenino? ¿Existe cierto recelo a la hora de nombrar en este género a lo universal o a la realidad?

Paradójicamente, el nacimiento del término “feminista” se remota al uso peyorativo con que Alejandro Dumas hijo nombró a aquellos hombres que en su día decidieron apoyar los derechos de las mujeres del siglo XIX en materia de separación y divorcio.

Con esta intención de visibilizar el acceso femenino a un sistema social y jurídico igualitario, la sufragista Hubertine Auclert, recuperó el vocablo dotándolo de una carga positiva.

Por tanto, no es de extrañar que el término adoptara esta “feminización” inicial ya que, parafraseando a la psicóloga Victoria Sau, por primera vez se produjo una toma de conciencia de la explotación, exclusión y dominación que venían sufriendo las propias mujeres como grupo humano.

Teniendo en cuenta lo anterior, es importante no perder de vista la huella histórica que dejan las palabras, la vida secreta que encierran sus luchas hasta que cobran vida para entender de qué hablamos cuando incorporamos el feminismo a nuestro vocabulario, o  por qué desde algunos espacios públicos se ha optado por apelar al “todos y todas” con aquella intención, que recuerda a la de las primeras feministas, de mostrar a las mujeres dentro de una colectividad a la que solo es correcto que se la nombre en varonil.

Por qué hablar de feminismo

Hablar de feminismo es clave para entender algunas de las revueltas y manifestaciones sociales que han protagonizado 2018.

Es por ello que en este artículo explicaremos por qué, ahora más que nunca, es necesario entender qué engloba esta palabra y qué hechos recientes han llevado a muchos usuarios de las redes hasta él.

Si buscamos la palabra feminismo en el buscador de Google obtendremos un total aproximado de 21.000.000 resultados y entre los primeros posicionamientos encontraremos: “Esto del feminismo, ¿es una moda?” Además de palabras claves o ítems como “perdón”, “derecho”, “paridad”.

Y es que el feminismo es un patrón tejido por diferentes puntadas de desigualdades históricas donde las mujeres han visto escurrirse sus privilegios por los rotos de un sistema establecido para quienes solo han podido vestirse con él.

Contenidos para empresas sobre feminismo, Esperanza Torres

Pero hay razones para pensar que el feminismo hoy en día va más allá de estar de moda, si por moda entendemos un gusto colectivo que cambia y tiene su momento de aceptación en un punto determinado.

El feminismo como movimiento social siempre ha estado presente desde su organización a finales del siglo XVIII.

No obstante, tras los despojos de la crisis económica en materia de derechos, el ascenso de la violencia de género en niñas y jóvenes o la falta del reconocimiento laboral de los últimos años reactivó una conciencia del cambio que tuvo su punto álgido en la manifestación del día 8 de marzo.

En este sentido, muchos hombres y mujeres se “estilizaron” al colocarse las llamadas “gafas violetas”. ¿Pero cómo se ha hilado esta última toma de consciencia feminista que intenta tapar a todos y a todas bajo el manto de la inclusión? En respuesta realizaremos a continuación un skyline desigual de los principales escenarios donde ha resurgido este pensamiento.

Movimiento #MeTOO. “Yo también”

El #MeTOO es un movimiento nacido a finales de 2017 en las redes sociales. Aunque la formación del término tuvo sus antecedentes años atrás, las acusaciones por parte de trabajadoras de la industria del cine contra el productor Harvey Weinstein por acoso y violación llevó a motivar su uso.

En respuesta al llamado “efecto Weinstein”, la actriz Alyssa Milano escribió un tuit para pedir que todas las mujeres que habían sido víctimas de acoso o agresión sexual respondieran a su mensaje narrando sus experiencias bajo el lema “Me too” con el fin de “hacer entender a la gente la magnitud del problema”.

Ante el gran número de testimonios que acudieron a la demanda de la actriz se gestó un movimiento que permitió visualizar esta lacra en diferentes esferas de la escena pública y privada de la mujer.

El reconocimiento fue tal que la revista Time nombró como “Persona del año” a todas las mujeres, y algunos hombres, que se atrevieron a romper su silencio por “provocar uno de los movimientos de cambio social más rápidos en décadas”.

Caso “La Manada” en España

2018 ha sido sin duda un año clave para entender qué ha llevado al feminismo a la palestra de nuestras conversaciones entre amigos. Paralelamente al movimiento #MeTOO, en demás países como en España se han seguido secundando las denuncias por agresión como la ocurrida el pasado 2016 durante las fiestas de San Fermín donde, según la sentencia, cinco hombres “abusaron” sexualmente de una joven.

El caso tuvo un gran eco mediático debido a su seguimiento en las redes sociales, la difusión de videos e imágenes de la víctima y, en especial, la aceptación como prueba del informe recabado por un detective acerca de la actitud “normal” que presentaba la joven tras los días posteriores a la denuncia.

Es aquí donde el apoyo de los colectivos feministas tuvo su papel como fuerza de movilización frente a los principales palacios de justicia con el fin de recordar que cuestionar el comportamiento de una mujer que ha sufrido una agresión sexual supone trasladar la culpa de esta lacra sobre los hombros de la misma.

Esto puso de manifiesto los problemas que aún siguen encontrando muchas mujeres a la hora de denunciar una agresión, ya que cuanto más la señalan y acusan, la respuesta parece ser tener que seguir bajando el largo de sus faldas.  

Con el lema “Nosotras somos la manada”, el feminismo consiguió abrazar y generar debate sobre la clara línea de distinción que hay que hacer entre víctima y agresor.

Nuevas voces en nuevos medios

Pese a que es un hecho que la violencia de género ha ido en aumento entre la población adolescente, Internet se ha convertido en un espacio en el que mujeres anónimas y conocidas, jóvenes y adultas han podido escribir en la descripción de sus bios que son feministas sin tapujos.

Al igual que sucedió con movimientos como el 15-M, donde las redes cobraron un papel de encuentro y movilización, Twitter, Instagram o YouTube han permitido dar voz a historias de vida que han promovido un contra discurso cultural frente al canon instaurado y favorecido por las cabeceras, canales o grupos de comunicación tradicionales.

Esperanza Torres, contenidos para empresas

En este sentido, subirse al carro del feminismo y reservar huecos de maquetación para entender y visibilizar estas luchas personales y públicas ha sido uno de las grandes aportaciones y distintivos de los nuevos medios nacidos en el contexto de las revoluciones pacifistas de 2011.

No obstante, aunque todas estas acciones de fuerza social han tenido lugar en países desarrollados, lográndose una mayor concienciación acerca de “la magnitud de estos problemas” en respuesta a la actriz Alyssa Milano, de forma paralela, en la otra mitad del mundo la esclavitud sexual y la violencia contra la mujer, en mayores escalas de la sociedad, sigue normalizada.

Es por ello que a nivel macro, organismos internacionales como Naciones Unidas han incluido entre sus Objetivos de Desarrollo Sostenible alcanzar planes de igualdad a nivel mundial, trabajando con los agentes de cooperación locales como gobiernos, ONGD o universidades.

Con gafas o sin ellas, hay razones para ver de cerca que el feminismo tiene hoy una clara meta que cubrir: la de la igualdad, siendo solo una moda para aquellos y aquellas que escojan colocarse sus gafas violetas muy de vez en cuando…

Porque ser feminista es llevar el cambio hasta la raíz, dejar de incluir en las cadenas de producción a mujeres que trabajen más de ocho horas por debajo de un salario digno o no pagar la entrada en una discoteca para “abonarla con el cuerpo”.

Ser feminista es operarse de cataratas, reconocer y coeducar a hombres y mujeres con la idea radical y noble, en palabras de Ángela Davis, de que las mujeres también son personas.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no necesariamente reflejan las opiniones de Syndicali ni de los miembros de su equipo directivo.

ESPERANZA TORRES

Soy licenciada en Periodismo. Estoy especializada en un Doble Máster Internacional de Escritura Creativa y Estudios Históricos-literarios en español por la Universidad de Sevilla y la Université Lumière de Lyon 2. He compaginado mi formación periodística trabajando como redactora y editora en medios de comunicación, editoriales y oficinas de cooperación al desarrollo.

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